Gisela Casa Madrid
(Celaya, 1993) escribe desde una necesidad que no se elige: la de comprender los vínculos humanos a través del cuerpo y sus fisuras. Desde la infancia, la escritura apareció como un espacio donde lo íntimo podía transformarse en relato, y donde el terror, la magia y la introspección aprendieron a convivir sin anularse. Con el tiempo, esa necesidad dejó de ser impulso y se volvió forma de pensamiento, proyecto de vida.
Su escritura nace en la herida, pero no se instala en ella. Observa a sus personajes desde el dolor y los empuja —aunque sea apenas, aunque la resolución sea borrosa— hacia el coraje. El cuerpo atraviesa su mirada como un territorio sensible: lugar de memoria, de ruptura y de transformación. Aquello que no se nombra ni se expulsa pesa; escribir, en cambio, permite darle forma, textura y respiración a lo que duele, volverlo habitable.


